Los polvillos de Tancredo


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Tancredo lanzaba toneladas de maleficios, acompañado por sus acólitos, desde unos sacos llenos hasta los bordes de polvo de codicia para los envidiosos y de pólvora de cañón para los peleadores. Arrojaba toneladas y toneladas. Nubes de polvo para los incrédulos y polvos de notepillo para los que meten las manos en los bolsillos. Tancredo capitaneaba su grupo de aprendices irreverentes y obedientes. Sembró tantas maldades que hasta sus antiguos socios lo abandonaron. Ahora solo, caminó y caminó, dándole vueltas a la cabeza, hasta que un día llegó al pueblo de Vamosdepaso.

Al entrar en el pueblo, se encontró mal, el corazón le latía muy deprisa. Pensó en convertirse en… en… en… Ni idea… No sabía en qué convertirse… Siempre había ido sembrando cizaña en el corazón de las personas.

Los vamosdepasinos estaban sumidos en un dulce sueño. Gaspar, que tenía muy buen olfato y dormía con un ojo abierto, percibió el olor del cruel Tancredo, que había pasado por ahí hacía un mes. Gaspar ladró muy fuerte para que lo escuchara todo el pueblo. Reconocía el olor del villano a varias millas a la redonda. Por su culpa se habían enfadado las hermanas Mirabel, que tardaron seis meses en reconciliarse. Los hermanos Grigri seguían sin hablarse, a causa del mal de amores. Los vamosdepasinos cerraron a cal y canto puertas y ventanas, taponaron las chimeneas, guardaron a los animales. Temblaban de los pies a la cabeza.

Tancredo gritó muy fuerte:

—Abran las ventanas, no voy a hacerles daño. Como pueden ver, estoy solo.

Pero ningún vamosdepasino movió un dedo.

Las puertas y ventanas siguieron cerradas. «Otra estratagema de Tancredo», pensaban. «Es una trampa para que salgamos y pueda lanzarnos a los ojos sus polvos maléficos y envenenados».

Tancredo siempre se había divertido aterrorizando a la gente, pero ya no tenía ganas de hacerlo. Se echó el saco al hombro y marchó en busca de un pueblo más hospitalario. Caminó mucho tiempo, le dio vueltas a la cabeza, pensando en qué nueva profesión podría ejercer: ¿ebanista? ¿pintor? ¿bombero? ¿flautista?

Ninguna le tentaba. Incluso pensó en volver a ser el villano Tancredo. ¡Estaba tan atrapado por su personalidad malvada!

Llegó al pueblo de Aquinoés. El gallo, al verlo, tembló de las patas a la cresta. Lanzó un quiquiriquí alto y claro: «¡Cuidadín, que Tancredo ha vuelto!» para avisar a todo el mundo y se escondió en el gallinero. Los aquinoesinos cerraron a cal y canto puertas y ventanas, taponaron las chimeneas, guardaron a los animales. Tancredo se sintió tan mal como la víspera, un latido rápido en el fondo de su corazón, mezclado con alguna otra cosa.

Alguna otra cosa nueva y desconocida.

Una náusea en la punta de la lengua.

—Abran las ventanas, no voy a hacerles daño. Como pueden ver, estoy solo.

Un aquinoesino valiente gritó:

—¡Vete! ¡No te queremos aquí!

—¡Pero he cambiado, ya no soy un villano!

—¿Y entonces qué eres?

Tancredo se lo pensó un rato, pero no supo qué contestar. Tocó la pólvora de cañón que llevaba en el saco y estuvo tentado de desparramarla sobre el pueblo. ¡Es tan fácil ser villano! ¡Da tanto gustito!

No, estaba decidido, ya no iba a lanzar nubes de polvo a los ojos de los incrédulos, polvos de codicia para los envidiosos, polvos de notepillo para los que meten las manos en los bolsillos, pólvora de cañón para los peleadores. Se echó el saco al hombro, cruzó las dunas, las estepas, los lagos, las montañas, los ríos y los océanos. Llegó al pueblo de Aquisiés, donde nadie le había visto jamás. Y, sin embargo, un camello gritó: «¡Ha llegado Tancredo!». Y los aquisiesinos cerraron a cal y canto puertas y ventanas, taponaron las chimeneas, guardaron a los animales.

Y sintió el mismo malestar: un latido rápido en el fondo de su corazón, mezclado con alguna otra cosa.

Alguna otra cosa nueva y desconocida.

Una náusea en la punta de la lengua.

Una pena a flor de piel.

—Abran las ventanas, no voy a hacerles daño. Como pueden ver, estoy solo.

Los aquisiesinos lo escucharon, pues eran personas tolerantes.

—¿Qué es lo que quieres?

—Quiero fabricar polvo de arcilla para el cabello frágil;

kilos de polvo de almendra para los golosos;

toneladas de polvo de arroz para las abuelitas;

quiero fabricar pólvora de colores para los fuegos artificiales.

Y los aquisiesinos aplaudieron.

—Aquí están los materiales necesarios para fabricar todos tus polvos.

Y sintió un latido rápido en el fondo de su corazón, mezclado con alguna otra cosa.

Alguna otra cosa nueva.

Una sonrisa en la punta de la lengua.

Solidaridad a flor de piel.

Alegría en el fondo de su corazón.

Y ya no hubo cabello frágil, los golosos se llenaron la panza, las abuelitas lograron un cutis de melocotón y las fiestas de Aquisiés se hicieron famosas por sus fuegos artificiales. Llegaron viajeros de todo el mundo para admirarlos. A veces estallaba alguna pelea, pero el polvo de la reconciliación obraba milagros. Tancredo enseñó a los aquisiesinos el arte de crear polvos milagrosos que se transmitió de generación en generación. Y por fin vivió feliz hasta el fin de sus días, rodeado de numerosos amigos fieles, y su fama se extendió por todos los pueblos de la región.

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Ilustración de JAB

-- Translated by Alicia Martorell

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