El tren de las 9h52

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Je n'ai pas grand chose à dire alors je m'applique !

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Traduite par Berta Arquer Vera

Cada jueves, ella se sienta en la misma mesa y me pide un café con leche. Cada jueves, desde hace dos años.

Llega a las 9h30 en punto. Se sienta en su mesa en el fondo de la sala, cerca del ventanal. Desde ahí hay una vista perfecta del andén número uno. Espera ansiosa el tren que llega a las 9h52. Sólo después de eso puedo servirle su bebida caliente, sino se molesta. Ahora, que estoy acostumbrado, ya no me llama la atención por servirla demasiado pronto.

Cuando el tren entra en la estación, se yergue casi imperceptiblemente. Su cara se ilumina. La veo vigilar, con el cuello estirado, la bajada del tren. Los pasajeros provenientes de Quimper se apresuran, medio dormidos, se empujan. Llegan al centro de la estación tirando de sus equipajes en un ruido efervescente. Ella está preciosa en ese momento. Y muy digna. No se mueve. Se mantiene erguida en su asiento. Y entonces cuando los últimos viajeros llegan al final del andén, ella se desvanece, decepcionada. Sus bonitos ojos claros se tiñen de gris. En ese momento me hace una señal, y puedo llevarle su brebaje.

Siento pena por ella. El año pasado, me arriesgué a preguntarle a quien esperaba de esa manera, desde hacía meses. No me contestó, Desde entonces no me atreví nunca más a preguntarle. Pero la semana pasada, cuando fui a cobrarle su café con leche, me soltó: "Se llama Souleiman". No dijo nada más, y no pregunté nada. No sé si ese Souleiman es un hijo, un amigo, un viejo amante... Me imagino que es alguien muy importante.

A veces charlamos un poco, cuando tiene tiempo o demasiada morriña como para irse enseguida. Se llama Marie-Rose Taittinger, como el champán. Tiene sesenta y nueve años. Le gustan los gatos. Es de los suburbios, pero no es de aquí. Esto es más o menos todo lo que me ha contado sobre ella, en dos años. Además, cuando digo que charlamos, soy más bien yo que le hablo, y no estoy seguro de que me escuche, pero me gusta mucho hablarle y mirarla asentir distraída. Parece una muñeca.
Hoy, como las otras veces, sé que espera en balde. El tren ha llegado a las 9h52 como cada jueves, y todos los pasajeros ya han bajado sin que vea a Souleiman. Se va encogiendo a medida que los últimos pasajeros van pasando por delante del ventanal. Es mi momento de prepararle el café que apenas tomará. Como siempre.

Se lo llevo silbando cualquier cosa, con letra incomprensible, que estén echando en la radio. Pongo su taza en la mesa con una sonrisa y le digo con alegría:
—¡Querida, aquí tiene algo con que calentar el corazón!
Marie-rose me mira, despechada y me contesta:
—Creo que ya no vendré más, Gaspard. Ya he perdido suficiente tiempo.
No sabía que se acordaba de mi nombre, era la primera vez que lo usaba.
Me pregunto si debo alegrarme por eso o estar triste por no volverla a ver...No me lo quiero creer. Su cita semanal con el tren de Quimper, se transformó de alguna manera en mi cita también.
Aun así, le reservaré su mesa, para el próximo jueves.

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