Quizás haya que aprender a soñar

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Liliana Raquel Hernández Zurita es Mexicana de nacimiento, con 36 años de edad es escritora de novela romántica independiente en Amazon Kindle Publishing, comenzó a escribir como un pasatiempo  [+]

Era un día soleado del mes de Julio, Rebeca acudía como todas las mañanas a la única tienda de aquel pueblo alejado de la mano de Dios y en la que se podía encontrar de todo lo que uno necesitara, ella siempre ayudaba en las tareas de la casa a su madre desde que su padre se había ido a Estados Unidos a trabajar para poder ofrecerle a su familia la posibilidad de un mejor futuro, apenas hacía un año de eso y su padre trataba de hablarles todas las mañanas para enterarse de cómo estaban y si necesitaban algo; es por eso que ella acudía diariamente a la tienda que también tenía el único teléfono público y se sentaba a esperar pacientemente en una banca que había fuera de esta a la espera de su llamada, incluso a veces para no aburrirse ayudaba a Claudia hija de Don Emilio el dueño de la tienda a acomodar la mercancía que llegaba.
Aquel día no fue la excepción y tras entrar en la tienda pintada de amarillo intenso observó los estantes atiborrados de diversos productos, telas, jabones, aceites, pastas para sopa, enlatados de diversos alimentos, veladoras, pinturas para zapatos, cuadernos, lápices de colores y un sinfín más... un suspiro le salió del alma, desde niña siempre soñaba que era dueña de un lugar parecido a aquel pero al mismo tiempo su corazón le decía que tras aquel sueño había algo más, algo que iba mucho más allá de cuatro paredes atiborradas de mercancías, algo que estaba mucho más allá incluso de aquellas tierras...
-Siempre soñando... Claudia interrumpió sus pensamientos mientras pesaba en una vieja báscula los kilos de frijol... ¿Cuándo dejarás de hacerlo?...
-Soñar no cuesta nada... le respondió Rebeca con una gran sonrisa mientras se acercaba hasta ella...
-No, pero a veces duele... respondió esta...
-¿Alguna vez has querido algo más que esto?... le preguntó señalando toda la tienda con el dedo...
Claudia se quedó pensativa un momento y se encogió de
hombros...
-Es lo que hay y lo que me tocó, para que pensar en algo
más...
-Eso es triste... alegó Rebeca...
-Más triste es querer algo que sabes que nunca vas a
poder tener... es mejor no pensar...
-Me gustaría ser maestra... dijo Rebeca sin más... me
gustaría ayudar a que la gente aprenda a escribir y a
leer, pero que aprendan a escribir bien y con una
caligrafía exquisita, no como los letreros que escribe tu
padre con las ofertas que están llenos de faltas de
ortografía...
Ambas se echaron a reír...
-Ya vale, que estamos hablando de mi padre... y además
él apenas y aprendió el silabario, pero eso si las cuentas
se le dan muy bien... sonrió orgullosa...
-Se le dan de miedo... añadió Rebeca riéndose aún... no
te pasa ni un centavo...
-¿No crees que ya estás grande para querer ser
maestra?, además tendrías que trabajar mucho para
poder costearte los estudios e irte de aquí y dejarías
completamente sola a tu madre...
Rebeca dejó de sonreír, todo eso ya lo sabía y de sobra,
siempre que sus sueños la hacían subir hasta las nubes y
tocar el cielo terminaba dándose un porrazo al aterrizar
de sopetón con aquellos inconvenientes, no sabía nada
más que hacer que trabajar en el campo sembrando y
haciendo las labores del hogar, si se iba a la ciudad
¿quién podría emplearla? Y tampoco tenía corazón para
dejar sola a su madre.
¿De verdad los sueños eran solo eso?, ¿sólo sueños sin
tener la posibilidad de hacerlos realidad?; no, eso
debería ser lo más cruel que le pudiera ocurrir a un ser
humano, sería como arrancarle parte de su propia
felicidad y yo me negaba a creer que el mismísimo Dios
nos negara esa posibilidad, yo seguiría soñando y
seguiría creando en mi cabeza las mejores escenas de
todo aquello que quería para mí, porque si de una cosa
estaba muy segura es que tarde que temprano me
llegaría mi momento, esa oportunidad por la que tanto
mi corazón luchaba contra mi cabeza, ese momento
perfecto para ser libre y feliz; y por algún lugar tenía que
empezar...
-¿Sabes que Claudia?... si llama mi padre sólo dile que
dejé dicho que llegó el momento de empezar a
construir, él lo entenderá... le dijo sonriendo para
después salir de ahí tarareando aquella vieja canción que
tanto la hacía feliz, porque sí, Rebeca sabía
perfectamente que a sus veinticinco años había llegado
el tiempo de extender las alas y volar para poder
convertir sus sueños en una hermosa realidad.
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