La conquista

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De la indiferencia al olvido no hay trecho malvivido. Y creo que ahora mismo estoy transitando por esa corta distancia que los separa. Tengo el tiempo contado.

Me llamo Julien Barneville. Tengo treinta y nueve años y soy de nacionalidad francesa.

Se acaban de producir aquí hechos que superan el raciocinio. Por eso, antes de que todo se haga trizas en la nebulosa de mi conciencia, quiero dejar constancia en este portátil de lo que vi con mis propios ojos. No he inventado nada. Doy fe de que todo lo que sigue ocurrió.

Con Amélie, mi pareja, y con otras dos parejas de amigos, estábamos pasando unos días de vacaciones muy placenteros en una casona con piscina que habíamos alquilado en los Alpes, en la región de Provenza, inmersos en plena naturaleza. El clima era ideal y nuestro estado de ánimo, excelente. Eran las mejores vacaciones de las que disfrutaba desde hacía mucho tiempo.

Ayer por la mañana me desperté antes que todos. Estaba tomando un café en el jardín cuando vi que Willow, mi ovejero australiano, se comportaba de manera inhabitual. Se arrastraba gimiendo y alzando los ojos al azul del cielo con una mirada perdida que yo no llegaba a entender.

Ahí fue cuando asistí a un fenómeno increíble que me dejó atónito: una masa gigantesca se estaba deteniendo lenta y silenciosamente por encima de la casa, a unos treinta metros de altura. Si bien el sol empezaba a calentar, me puse a tiritar en medio de un inmenso charco de sombra.

Mi primer reflejo fue entrar del jardín a la casa y alertar a mis compañeros gritando como un loco. Todos dormían salvo Amélie, que desde el cuarto de baño me preguntó por qué chillaba de esa manera.

A los cinco minutos, todo el grupo se encontraba reunido en la sala de estar, con los ojos aún hinchados por el sueño, estirando el cuello detrás de los cristales para observar el objeto estacionario sin poder creer lo que veía. Era un disco liso como el mármol de un diámetro considerable; el negro profundo de su superficie no reflejaba en absoluto la luz. A uno de nosotros se le ocurrió llamar a la gendarmería para que nos proporcionara alguna información, pero nuestros teléfonos habían dejado de funcionar.

Ahí estábamos, nerviosos, dando vueltas sin poder ponernos de acuerdo sobre lo que debíamos hacer, cuando de repente cayeron del ovni varios cables por los que resbalaron unas extrañas siluetas. Tardaron tan poco tiempo en bajar que no llegamos a distinguirlas correctamente. Sin embargo, sí quedaba claro que esos organismos vivos no tenían forma humana, sino más bien arácnida.

Algunos de nosotros empezaron a perder la calma. Linda, una amiga de Amélie de larga data, se puso a llorar desconsoladamente mientras que su esposo, Antoine, blanco como la nieve, nos rogaba que nos escondiéramos en el sótano de inmediato para protegernos.

De pronto, nos sobresaltó el estruendo de los vidrios de una puerta corrediza haciéndose pedazos en una habitación contigua. A partir de ese momento, el instinto de supervivencia nos llevó a cada uno a refugiarnos donde podíamos, sin pensar en los demás. Yo encontré un escondite en el fondo de un armario de la cocina, donde esperé acuclillado entre los productos de limpieza, con el corazón que latía a toda velocidad.

Al cabo de unos segundos, percibí unos gritos espantosos, acompañados de unos ruidos de pelea que me helaron la sangre en las venas. Desde donde estaba, impotente, reconocía las voces de mis amigos que imploraban, luchaban y gritaban horrorizados formando un coro desesperado que me resultaba insoportable. Luego, las voces se fueron callando una a una hasta ceder paso a un silencio elocuente y pesado. Por lo visto, yo era el único sobreviviente.

Los minutos siguientes fueron los más largos que me haya tocado vivir. Temblaba tanto que me parecía imposible que no me descubrieran y me masacraran como a los otros. Pensaba que lo peor estaba por suceder, aunque nadie vino a extirparme del armario.

Finalmente, con las extremidades entumecidas, decidí salir de mi escondite. La luz exterior me encegueció. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí? Era imposible saberlo. En cambio, en cuanto me puse de pie, noté que flotaba en el aire un olor a sangre.

Con pasos aterciopelados y el aliento cortado, crucé la cocina para acercarme a la puerta entreabierta que daba a la sala de estar.

La escena que tenía ante mis ojos debería haberme aniquilado. Sin embargo, logré dominarme y mantenerme de pie, si bien me preguntaba de donde podía venirme tanta valentía.

No era la sensación de estar viviendo una pesadilla. Era más que eso: una especie de horror absoluto, sobrehumano, un pandemonio delirante semejante a las alucinaciones pintadas por Jerónimo Bosch. En el centro de la habitación se hallaban cinco criaturas, cinco insectos grises enormes formados por un cuerpo abultado en forma de vasija y seis patas escuálidas. Debían medir un metro y medio de altura y estaban ahí, impasibles, terminando de devorar lentamente lo que quedaba de sus presas. La ropa y los zapatos de las víctimas yacían abandonados en un rincón. Agudizando el oído, pude percibir un ruido sordo: el atroz ruido de los huesos machacados por sus mandíbulas.

Al ver las cabezas seccionadas de mis amigos en el suelo, en medio de sus espantosas extremidades, creí que me iba a desmayar para siempre. Cada boca tenía introducido un largo flagelo unido al cuerpo del monstruo. Esos apéndices finos y brillantes parecían mantener los rostros en una especie de semiconciencia, brindándoles un último hilo de vida. El iris apagado de sus ojos se movía débilmente bajo los párpados entreabiertos.

En ese preciso momento, descubrí la cabeza mutilada de Amélie. Desde el lugar en el que se encontraba mi amada, pálida y trágica, sus ojos me observaban fijamente. De pronto, como si quisieran advertirme de algo, sus labios lívidos se animaron. Creía que iba a poder controlar mis emociones, pero eso ya era demasiado. Todo se borró a mi alrededor y caí al suelo sin conocimiento.

Cuando desperté, estaba recostado en uno de los sillones de la sala de estar. Mi primera reacción fue comprobar que no me habían amputado nada; al ver que todo estaba bien, me relajé. Al girar la cabeza hacia la puerta corrediza abierta al jardín, reconocí a mis cinco amigos. Estaban todos tranquilos, sentados al sol, y tenían el aspecto que me era familiar desde siempre. La inmensa masa oscura ya no cubría la casa y no quedaba rastro alguno de la matanza que allí se había producido.

¿Acaso fue un mal sueño? Empezaba a creer que sí.

Para terminar de convencerme, fui hasta la cocina a mirar el estrecho reducto en el que supuestamente me había escondido. Noté que estaba anormalmente desordenado; todo parecía revuelto.

Quise juntarme con mis amigos en el jardín. Antes del ataque, nuestra banda era la más divertida que cualquiera hubiese podido imaginar: habladora, alegre, jovial. El grupo con el que me encontré parecía estático, extrañamente disciplinado y silencioso. Al verme caminar hacia ellos, todos giraron hacia mí sin pronunciar una palabra y enseguida volvieron a su posición inicial. Insensibles, distantes. Un detalle revelador me llamó inmediatamente la atención: mis amigos habían intercambiado su ropa, lo cual no era nada habitual entre nosotros. Llegué a la conclusión de que, tras haber adoptado una apariencia humana, las criaturas se habían vestido sin prestar atención a que las prendas hicieran juego.

La situación me debería haber alarmado; tendría que haber huido de ahí a toda velocidad. En vez de eso, solo sentía una profunda indiferencia.

¿Quién será capaz de decirme lo que ocurrió mientras dormía?

Si alguien decidió salvarme, ¿por qué mis emociones se desvanecen y ahora solo tengo esta fuerza fría que ni siquiera sé cómo llamar?

Estoy flotando en un estado de incertidumbre.

Pero pronto llegará la verdad. Desde lo alto. Porque mientras acabo de escribir mi relato, asisto a un fenómeno increíble: unos enormes discos oscuros planean a lo lejos, sin un ruido, sobre las praderas soleadas.

Son miles, el cielo está límpido y no siento nada.

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