Pequifú

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Pequifú avanzaba arrastrando las patas. Había vuelto a discutir con su padre: Llamaviva era un gran dragón color rubí de 625 años y no soportaba que su hijo menor no tuviera oficio ni beneficio.

—¡Fíjate en tus hermanos! Gruñidor trabaja en la forja desde que tiene 193 años. Cuando Cascardiente se enroló en la guardia real apenas tenía 181 años. Incluso Fulgor encontró trabajo en la mina antes de cumplir los 207 años. ¡Y tú a los 212 sigues aquí!

Pequifú hubiera querido que su padre estuviera orgulloso de él, pero no era como sus hermanos. No era grande y musculoso, sus llamas apenas servían para prender un trozo de madera. Cada vez que había encontrado un posible trabajo, un dragón más fuerte se lo había quedado.

Cuando pasó delante de la forja, Gruñidor lo llamó.

—Vaya pinta que traes. ¿Te has vuelto a pelear con papá? No importa, tengo una buena noticia. Te he apuntado.

Pequifú tomó la hoja amarillenta que le tendía su hermano, sobre la que se podía leer en letras doradas:

«¡Dragones y dragonas! ¡Se hace saber, se hace saber!

Que el rey está buscando un dragón para defender su tesoro. Para elegir al más fuerte de todos, se ha organizado una gran competición deportiva. Cuando termine, el dragón que haya obtenido la mejor puntuación tendrá el honor inmenso de convertirse en guardián del tesoro real.

Todos los dragones de más de 180 años se pueden apuntar diciéndoselo al intendente de palacio».

Gruñidor lo había apuntado a una competición deportiva. Es más, organizada por el rey en persona. ¿Y eso era una buena noticia?

—Gruñidor, es imposible, voy a hacer el ridículo. ¿Qué pinto yo en una competición deportiva?

—Te entrenaré. Y, además, piensa lo orgulloso que estaría papá si ganaras…

—¡Pero es imposible que gane!

Solo hay una forma de saberlo…

Tenían un mes para preparar a Pequifú para las pruebas del campeonato: vuelo acrobático con un bloque de piedra, camuflaje, fuego de dragón contra blancos en movimiento y, finalmente, combate contra caballeros. Al contrario de su hermano, Pequifú no se sentía nada optimista. Empezaron por el camuflaje, ya que era la única prueba que se sentía capaz de superar. Había heredado las escamas gris oscuro de su madre, lo que hacía que pareciera una roca grande.

Para el resto de las pruebas, Gruñidor recurrió a las competencias de Fulgor y Cascardiente para preparar mejor a Pequifú. Fulgor se ocuparía de musculación y resistencia y Cascardiente de técnicas de combate. Él mismo se ocuparía del fuego de dragón.

Con un entrenamiento tan estricto y unos profesores tan exigentes, para Pequifú el tiempo pasaba sin darse cuenta y una mañana, sin avisar, se levantó el sol del primer día de la competición.

Una multitud abigarrada se amontonaba en el puente levadizo para entrar en la inmensa arena del castillo. Unas gradas de madera, instaladas para la ocasión, la rodeaban.

Cinco grandes rocas estaban dispuestas en círculo, en el centro de la arena. Pequifú no prestó atención a las aclamaciones de la multitud y se dirigió hacia ellas en línea recta. Otros cuatro dragones hicieron lo mismo. Pequifú no se atrevía a mirarlos a los ojos, se concentró en el bloque y recordó la coreografía. Tenía que mantener la roca en el aire más de tres minutos realizando un máximo de figuras para ganar puntos. Un golpe de gong anunció el principio de la prueba. Todos los dragones despegaron al mismo tiempo, salvo Pequifú.

Se subió a la roca, hundió las garras en los salientes y batió las alas. Poco a poco fue subiendo. Mientras tanto, los otros dragones bajaban en picado para ayudarse del impulso y levantar la roca. En cuanto a Pequifú, seguía subiendo. Cuando se encontró a unos seis metros del suelo, soltó la roca. Voló diez metros más y se dejó caer en picado tras la roca. Pasó de largo, giró sobre sí mismo y la recogió sobre el lomo. El choque lo dejó sin aliento y casi pierde el equilibrio. Planeó unos instantes y, reuniendo sus últimas fuerzas, hizo un tirabuzón. La roca cayó exactamente en el punto de partida y Pequifú se posó justo detrás. Un nuevo golpe de gong anunció el final de la primera prueba.

Habían instalado una pizarra inmensa para anotar los tantos. Para cada prueba, el primero ganaba 50 puntos, el segundo 40 y así sucesivamente. Missia, una hembra de color topo que no había logrado levantar la roca, era la última con 10 puntos. Fueguino, un dragón de escamas azul eléctrico, seguía con 20 puntos. Flamante, una hembra dorada deslumbrante, era la tercera con 30 puntos, mientras que Treroz, un gran macho verde pino, fue el ganador con 50 puntos. Lo que quería decir que Pequifú había quedado segundo y ganaba 40 puntos. ¡Era increíble!

Habían desmontado uno de los lados del anfiteatro, de modo que ahora daba directamente al bosque. La prueba de camuflaje era sencilla: los dragones tenían un minuto para ocultarse en el paisaje. Los primeros en ser vistos perdían. Los cinco competidores se colocaron en fila en la linde del bosque y, al golpe de gong, se lanzaron hacia los árboles.

Missia, que gracias al color de sus escamas podía confundirse con la tierra, quedó segunda. Treroz, que se había ocultado entre los árboles, quedó tercero. Flamante, con sus escamas doradas, quedó penúltima, por delante de Fueguino, con su deslumbrante coraza azul. Pequifú, transformado en roca, ganó la prueba. Ahora iba a la cabeza con 90 puntos. Apenas se lo podía creer.

La alegría no le duró mucho. Las dos últimas pruebas eran las que más temía.

A treinta metros de los cinco dragones, había unos blancos montados sobre rieles.

Fueguino pasó el primero y acertó siete blancos de diez. Treroz quemó nueve, Missia, 5. Flamante los quemó todos de golpe. Ahora le tocaba a Pequifú. El gong lo sobresaltó. Hinchó el pecho todo lo que pudo y sintió que su bolsa de fuego se llenaba. Lanzó las llamas lo más fuerte que pudo. No acertó ni un solo blanco.

No tuvo tiempo de preocuparse, pues se tenía que preparar para la última prueba: el combate.

A Pequifú le tocaba el segundo. Tres caballeros con armadura le esperaban en la arena. Cuando sonó el gong, el primero, con mangual y escudo, se arrojó contra él. Pequifú se agazapó y saltó sobre su adversario, sin que el mangual le rozara. Aterrizó justo al lado del segundo caballero, que le amenazaba con un tridente. Lo derribó con una pata, al tiempo que barría al primero con la cola. Al ver a sus dos compañeros en el suelo, el tercero, armado con dos largas espadas, retrocedió lentamente. Intentaba ganar tiempo hasta que los otros dos se levantaran. Pequifú no cayó en la trampa y, en lugar de atacar directamente, dejó sin sentido a los otros dos. Solo, con sus dos espadas, el último caballero se abalanzó sobre Pequifú. Como le había enseñado Cascardiente, lanzó una bocanada de humo para cegar a su adversario, antes de arrancarle las espadas con un rápido movimiento de sus garras y dejarlo fuera de combate.

El rey, de pie en su palco, se dirigió a la multitud para cerrar la competición.

—Una vez concluida esta competición deportiva, tenemos un feliz vencedor. Quiero felicitaros a todos por el magnífico espectáculo. Sin más tardar, aquí está el nombre del nuevo guardián de mi tesoro real: ¡Treroz! ¡Felicidades!».

La multitud aplaudió, pero el rey prosiguió, mandando callar al público.

—No obstante, queridos amigos, no es el único dragón que nos ha impresionado. Otro participante ha llamado nuestra atención por su originalidad, y sobre todo por su vigor en el combate. Mi hija, la princesa Illoa, necesita un valiente protector. Quiero nombrar a Pequifú guardaespaldas oficial de la princesa Illoa. ¡Bravo!

Pequifú casi se atraganta. Gruñidor, junto a él, le dio una palmada en la espalda para felicitarle. Cascardiente y Fulgor lanzaron llamaradas hacia el cielo para proclamar su alegría. La multitud aclamaba a Treroz y a Pequifú y, entre todas estas manifestaciones de júbilo, un gran dragón rubí, Llamaviva, miraba a su hijo con una chispa de orgullo en los ojos.

Traduite par Alicia Martorell

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