MÉXICO-VENECIA-TEOTIHUCÁN

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MEXICO-VENECIA-TEOTIHUCÁN.

PRIMERA PARTE
CAPITULO-1-

Hola, yo soy Ximena y vivo en México.
Hola, yo soy Irán y vivo en México.
Hola, yo soy Roxana y vivo en México.
Y yo soy Sofía y hace poco que vivo en México.
Yo también hace poco que vivo en México y me llamo Santiago.
Yo soy Humberto y vivo en México, bueno, ya me perdonarán ustedes pero yo me voy de aquí, demasiada gente, a mí las multitudes me agobian.
—Pero Humberto, ¡toda esta gente que ves aquí es tu familia!
—Lo dicho, me voy bien lejos de aquí, y si es posible, a una isla mucho mejor. Demasiada gente junta hay aquí y me estoy empezando a agobiar.
—Pero ¿adónde te vas a ir, Humberto?
—A la isla de Venecia, que está a más de diez mil kilómetros de aquí, y como allí no hay coches el aire estará más limpio.
Se quedaron todos atónitos y sin voz cuando escucharon a Humberto, y cuando lo vieron irse a hacer autostop al aeropuerto.
—¿Vas a Venecia?
—No, pero llego hasta Milán.
—¿Y ese pueblo le cae cerca?
—Un poquito más cerca que México sí está.
Y así fue como Humberto llegó a Milán. Y como se arrepintió de haberse ido de México.

CAPITULO-2. MILÁN
Humberto estaba en un rincón de la Piazza del Duomo de Milán, la más importante de esta ciudad; le recordó ligeramente a la del D.F., si no fuese por un pequeño detalle, el zócalo era bastante más grande que esta .
A lo lejos podía ver las montañas prealpinas del Bergamasco, muy bonitas en primavera y en verano, con sus florecillas, los pajarillos cantando, tenía que ser muy placentero sentarse a la sombra de los arbolitos, los cálidos paseos por sus bosques, muy hermosas y románticas las montañas del Bergamasco..., pero, un detallito, no tienen volcán. Ni punto de comparación con el Pico de Orizaba, que, aunque tiene nombre vasco, en realidad se encuentra en Citlaltépetl, también conocido como el Cerro de las Estrellas –con una altura de 5.747 metros–. Su magnífico manto blanco se puede ver desde Puebla hasta Veracruz.

CAPITULO- 3-. FLORENCIA.
Humberto llegó muy tarde a Florencia y llegó con hambre; entró en una trattoria situada en un rincón de la Piazza della Repubblica y pidió un calzone relleno de carne a la boloñesa y una birra Moretti. Sería la atmósfera de la fonda, el olor a comida recién hecha, el bullicio de la gente, sería que llevaba ya muchos días fuera de su país; total, que nuestro querido Humberto se emocionó de lo lindo cuando le trajeron la comida y por un cálido instante cerró los ojos deseando estar en una cantina comiendo fajitas rellenas de carne picada en salsa de jitomate con ese puntito extra de Tabasco mientras tomaba Tepache fresquito, la famosa cerveza de Querétaro ligeramente afrutada y con ese detalle tan original de la canela, el clavo y el jengibre.
Y de pronto toda la añoranza como que le vino de golpe y casi lo ahoga.
Pasito que daba hacia Venecia, detallitos y rinconcitos de su lindo país —México— que se encontraba, y volvió a sucederle mientras saboreaba un trocito de tiramisú que bien podría ser una «quesadilla»; aquí había grappa, en México, el tequila. El agua de Jamaica no tiene burbujitas como el lambrusco, pero sí el mismo color rojizo, y además es un agua milagrosa y este detalle ya os digo yo que no hay lambrusco que lo supere, por muy frizzante que sea.
Con estos pensamientos y con algún que otro más, Humberto se metió a la cama, y como no podía conciliar el sueño, ¿qué hizo? Pues en vez de contar ovejitas se puso a enumerar los platos típicos mexicanos que están declarados patrimonio de la humanidad.
El pozole, esa deliciosa sopita de Jalisco.
Las enchiladas, los tacos, los burritos.
La cochinita pibil del Yucatán.
Los chiles en nogada de Puebla.
Y el pan de elote, purito alimento de los dioses.
Los besitos de coco o el pastel de zapote.
Y así fue como por fin consiguió dormirse nuestro querido Humberto, evocando y añorando los olores y los sabores de los «rincones de mi tierra».

CAPITULO-4. LA TOSCANA.
Cada noche, para poder dormirse, evocaba algún lindo rincón de su tierra. Un día soñaba con los arrecifes, otros con las playas de arena transparente, y otras veces con las aguas de coral. No tenía que hacer ningún esfuerzo para traerlos a su memoria, los paisajes venían solos.
Como aquel día en la Toscana, perdón, en la Umbría, paseando por un rincón de la arboleda de San Francisco de Asís, le vino a la memoria aquella cálida tarde de primavera, cuando volvía del cole cruzando el bosque de Tlaxcala. Se quedó contemplando cómo florecía la primavera cuando, de pronto, un lindo sinsajo se le posó en su hombro derecho. El niño Humberto se quedó muy, pero que muy quietecito, aguantando la respiración todo lo que podía; entre tanto el sinsajo le rozaba su mejilla con la cabecita mientras le decía «escucha y verás», y de repente, a lo lejos, se oyeron unos murmullos que se trasformaron en cantos. Era el coro de las ballenas de las aguas cósmicas del Vizcaíno, que, bajo la atenta mirada de las mariposas monarcas, las luciérnagas de Xochimilco, entraron en escena y, como si de la compañía Momix se tratase, realizaron su espectáculo de luz.
Una vez finalizado el ballet de las luciérnagas y como muestra de admiración, las ballenas soltaron un gran chorro de agua, las mariposas monarcas aletearon suavemente sus alas generando una ligera brisa, que más parecía una caricia en el aire, y, en ese preciso instante, el sinsajo salió volando y el niño Humberto volvió a respirar tranquilo.
Xochimilco no solo es el lugar de las flores, sino que además es el paraíso de las luciérnagas; ellas siempre nos recuerdan que nuestra luz está en el interior. Aquí hacen sus nidos los centzontles, o sinsajo, ese insignificante pajarillo, de los 400 sonidos, en el cual se inspiraron los guionistas de la serie de Los juegos del hambre. Y allá, en la sierra de Chincua, Michoacán, está el santuario de las mariposas monarcas, que cada año evocan lo fascinante que es el espectáculo de la vida; ellas son el símbolo de la fuerza, de la constante evolución y superación de nuestra existencia.
Estos detalles, señor Francisco de Asís, hay que tenerlos muy en cuenta porque son los que marcan la diferencia entre un bosque de una arboleda.
Pero todas estas añoranzas y recuerdos a Humberto no le amilanaron lo más mínimo en su objetivo; él quería irse a vivir a la isla de Venecia y a Venecia llegó.

CAPITULO-. VENECIA.
Humberto llegó a Venecia en vaporetto; cual Leonardo DiCaprio en la proa del Titanic, miraba fascinado e ilusionado cómo la «isla de Venecia» se iba acercando, creyendo percibir la sensación, que lo estaba esperando solo a él con los brazos abiertos para darle un extraordinario y caluroso abrazo de bienvenida. Se sentía tan sumamente emocionado que casi estaba a punto de gritar: «Tierra a la vista». Se sentía completamente deslumbrado dentro de su quimera, en su isla de Utopía. «Todo» había merecido la pena para llegar hasta aquí. Humberto deliraba de ilusión, cual señor don Quijote, hasta que puso pie en tierra.
—Benvenuti a Venezia, signore, la città sull’acqua.
—¿Venecia es una ciudad flotante?
—Sí, signore, y tenga cuidado que cuando sube la marea se inunda.
—¿Y toda esta gente?
—¡Venecianos, signore!
—¿Qué?
Humberto no daba crédito a lo que acababa de oír, se quedó muy desconcertado por todo lo que veía, cayó de
rodillas y se echó a llorar. Los venecianos creían que era de emoción al descubrir la belleza de su ciudad, pero en realidad lloraba de tristeza, enojo, desencanto..., y sobre todo de abatimiento y nostalgia por haber dejado su país, creyendo, ingenuo de él, que en cualquier otro lugar estaría mejor.
Humberto sentía unas ganas inmensas de volver a su país.
—¿Para esto había dejado México? ¿Para estar en una ciudad donde hay más gente que piedras, que está sobre un lago y saturada de canales? Y además, para más inri, no es una isla, sino que es una ciudad flotante que se inunda cuando sube la marea. ¡¿Todo esto?! ¡Ya lo tenía en el D.F.! Que también está sobre una laguna, hay gente para dar y regalar, y un detalle a destacar: por mucho que suba la marea no se inundará jamás en la vida.
Para canales los de Xochimilco, sin punto de comparación; sus trajineras con las góndolas estas, que parecen ataúdes flotantes, tan negros y tan brillantes. Es como comparar el sol con la luna llena. ¿Los dos tienen luz? Sí, pero uno brilla con luz propia, por matizar.
Humberto estaba muy muy enojado.
Muy espléndidos y elegantes los carnavales de Venecia, muy prestigiosos y célebres, sin lugar a dudas, con esos magníficos trajes del siglo xviii, con la maschera nobile o la maschera de galeone. Todo muy elegantísimo, pero eso más que un carnaval parece un desfile de muñecas de porcelana comparado con el de Veracruz, que es el más alegre, el más luminoso y colorido del mundo. En esos días, el arcoíris ni se atreve a salir para que no le salgan los colores de la envidia que le da. ¿Es este, o no, un detallazo a tener en cuenta a la hora de elegir destino carnavalesco?

[Nota: La maschera nobile o la maschera de galeone es una careta blanca, plateada o dorada, con ropaje de seda negra, o de oscuros colores y sombrero de tres puntas].

Además, en Veracruz no solo tenemos la Reina del Carnaval sino que también elegimos al Rey de la Alegría, y todo esto lo hacemos sin perder el ritmo, bailando danzón al son de las marimbas.
Pero ¿cómo se le habría ocurrido viajar diez mil kilómetros, ¿pasarse los días comiendo pasta y pizza que como único aderezo lleva orégano, albahaca y ya exagerando una pizca de pimienta —no nos vayamos a pasar y nos dé una úlcera de estómago—? En estas enojadas cavilaciones estaba cuando oyó a los gondoleros cantar el Oh sole mío, una romántica y popular Barcarola.
Pero ¿qué credibilidad van a tener estos gondoleros, si parece que vayan vestidos de primera comunión, con ese ridículo sombrero, el canotier, que al primero rayo de sol que te dé en la cara te la quema?
Para sombrero el de mariachi, que cuando nos lo ponemos producimos un eclipse solar. Traje típico, el del «charro mexicano», con esa camisa de chorreras y ese par de pistolones a la cintura que quitan el sentido.
Les iba a interpretar a esos gondoleros lastimeros y llorones una ranchera digna del mismísimo Pavarotti, pero con más
arrebato, tanto que hasta los sismógrafos estadounidenses la iban a confundir con un terremoto o movimiento sísmico.
Barcarolas, esto no se lo cantamos nosotros ni a los muertitos, os vais enterar de lo que es amor del bueno.
Humberto se vino arriba, literalmente, se subió al campanile de la Plaza San Marcos y como si estuviese poseído por el espíritu de Jorge Negrete se escuchó un chorro de voz para asombro de todos los venecianos.
«Y volver, volver, vooooooooolver, a tus brazos otra vez.
Llegaré hasta donde estés, yo sé perder, yo sé perder.
Quiero volver, volver, volver».
—Humberto, Humberto, pero bájate de ahí, que te van a llevar preso.
—¿Roxana? Oh, mi querida Roxana, gracias por venir a rescatarme de esta isla. Oh, Roxana, me siento engañado. ¿Resulta que Venecia no es una isla. ¿Es una ciudad flotante? Como el D.F.
Y tú, amorcito corazón, ¿cómo has llegado hasta aquí?
—Pues como llega todo el mundo, Humberto, excepto tú, en avión. Una cosita más, los niños y yo hemos encontrado una auténtica y genuina isla, la isla de Mexcaltitán en Nayarit. Allí está nuestra nueva casa, «La Casa de la Luna», lista para irnos a vivir a ella.


SEGUNDA PARTE -MEXICO-

 CAPITULO-1-
Por fin Humberto respiraba tranquilo, y de vuelta a México y después de darse una linda ducha, reflexiona sobre su peripecia transoceánica.
—Es cierto eso de que se puede vivir en cualquier parte del mundo..., pero morir, lo que viene a ser quedarse a vivir para la eternidad, cual faraón egipcio, México sin lugar a dudas es el lugar ideal.
Menudos festivales que organizan el día de los muertos.
Comerán, bailarán, beberán, y todo esto lo harán ¿en dónde? Sobre tu tumba, ¿entiendes ahora la letra de su himno nacional? «México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí».
—Roxana, cuando me muera, quiero que me incineres y repartas mis cenizas por todos los cementerios mexicanos.
—Parece que el jet lag de vuelta te está sentando peor que el de ida. Niños, aquí os traigo a vuestro padre, pero por favor ni se os ocurra abrazarlo los dos a la vez, hacedlo de uno en uno y sin agobiar.
Roxana clavó un letrero a la entrada de su casa que dice:
«México tiene detalles que en ningún otro país encontrarás».
Santa Roxana.
Humberto decidió que a partir de hoy se iba a dedicar a descubrir todos los rincones de su tierra.
—Pero ¿qué haces vestido como si fueras Indiana Jones?
—Soy arqueólogo y he decido descubrir todos los rincones de mi tierra, pero esta vez te prometo que no tendrás que ir a buscarme, volveré yo solito.
—No me cabe la menor duda.
—¿Adónde va papá disfrazado de Lucky Luke, mamá?
—A buscar piedras, hijos míos, a buscar piedras.
Humberto tenía un sueño y mucha imaginación, quería ser arqueólogo, pero por inspiración divina.
Siempre ha pensado que las piedras guardan secretos indescifrables y tiene la firme creencia que, si las miras, las cuidas, las acaricias, las tratas con ternura y te armas de paciencia, al final las piedras te hablarán y te dejarán entrar a su interior, allí donde guardan sus más íntimos secretos, allá donde está toda su sabiduría.
Las observa en plan meditación zen, cómo están colocadas, si están juntas o separadas, si forman algún tipo de monumento o jeroglífico, porque las piedras —según Humberto—nos transmiten su sabiduría y sus experiencias vitales a través de su colocación en la naturaleza y es por esas vivencias que nosotros conoceremos nuestro pasado.
Humberto quería formar parte de esa élite que se dedica a escribir la historia de su país interpretando y traduciendo el significado de las piedras.
—Y cuando haya asimilado todos los conocimientos y la sabiduría de las piedras, entonces construiré una gran sala donde expondré toda mi colección de piedras. Y me convertiré en un famoso educador de arte. ¿Qué te parece, Roxana? ¿Te gusta mi plan? ¿Es o no es una genial idea?
—Ay, chamaquito latoso, ya cállese, eso ya existe y se llama museo arqueológico y se encuentra en Teotenango.

TERCERA PARTE-TEOTIHUCÁN

CAPITULO-1-
-¿Qué lugar más extraño? ¿Dónde estaré? —se preguntó Humberto.
—Buenos días, ¿podría moverse un poquito más para allá que me tapa el sol?
Humberto dio media vuelta y vio una señora.
—Buenos días, señora, disculpe que la haya molestado. ¿En dónde estoy? —le preguntó Humberto.
—En Teotihuacán, en la ciudad donde todos los seres se convierten en dioses —le contestó la señora—, estás en la terraza del sol y aquella que se divisa allá al fondo es la de la luna, y esa gran explanada que contemplas es la Gran Calzada de los muertos, hace 40 metritos de ancho por 2 kilómetros de largo —le dijo la señora casi sin respirar y mientras iba señalando los lugares como si fuese un acto cotidiano, cual auxiliar de vuelo.
—¿Qué? La calzada de los muertos, entonces. ¿Toda esa gente que hay ahí son zombis? —le preguntó Humberto con cara de susto.
Esto era peor que cuando aterrizó en Londres, donde había tanta niebla, pero tanta niebla y tan espesa, que por un momento creyó que estaba en el cielo, hasta que oyó sonar las campanas del Big Ben. ¡Qué susto se llevó ese día!
—Pero ¿como van a ser zombis?, lindo chamaquito latoso, nomás son licenciadas. Como cada año por solsticio de verano, cuando el día es el más largo en nuestro calendario azteca, solemos hacer la gran convención de licenciadas.
—Oh, pero discúlpame no me he presentado formalmente. Yo soy la Gran Maestra de ceremonias —le contestó muy solemne ella—. Dispense que no le haga mucha atención, pero tengo tanto por hacer todavía y tan poco tiempo.
Humberto ya estaba un poquito más tranquilo y ahora observaba cómo la Gran Maestra estaba toda atareada haciendo sus preparativos para el gran evento.
Había hecho un pequeño altar donde se quemaba sándalo para aliviar el dolor de sus antepasados, el suyo propio y el de las licenciadas. Era necesario que alcanzasen todas juntas una serena armonía espiritual para poder realizar con éxito la tarea que las convocaba hoy en este lugar.
Canela, para atraer y bendecir las nuevas amistades y para consagrar esos rayos de sol azules que convergerán en un solo punto configurando la estrella de la fe a través de la cual se puede —podrá— ver el futuro.
Clavo, que es la especie de la compasión y el perdón.
—Y ahora colocaré las flores —dijo la Gran Maestra—. Primero las calas, por su finura, su nobleza y para reafirmar nuestra lealtad entre todas nosotras. La azalea para la felicidad presente y por supuesto la que está por llegar.
Humberto no dejaba de mirarla y no perdía ni un solo detalle de todo lo que hacía y de todo lo que le decía.
La Gran Maestra era una mujer de una gran dulzura, de carácter noble y bondadoso y por supuesto de una elegante y generosa belleza. De gestos refinados, tenía unas manosperfectas, ni muy pesadas, ni muy ligeras, sin señales en la palma y con los dedos bien juntos; indiscutiblemente era una criatura del viento. Humberto observó que en el centro de sus manos llevaba grabado un lirio, la flor de la virtud serena que brilla al anochecer.
La Gran Maestra era poseedora de antiguos y sabios conocimientos, sus palabras eran portadoras de una ancestral sabiduría que constituía el carácter noble y generoso de los teotihuacanos.
Y sin mediar palabra, se giró hacia Humberto y le habló:
—Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo, puedes chamuscarte a ti mismo —le dijo mientras terminaba su ritual. Le desconcertaron esas palabras y antes de que pudiera responderle, volvió a impresionarlo—. Recuerda, Humberto, que el sabio obra a través de su mente y no de sus sentidos.
—Gracias por sus palabras, Gran Maestra –le dijo Humberto, un poco preocupado. Tenía que reconocer que sus palabras fueron precisas y certeras, pero no tenía ni la más remota idea de su significado, ni por qué se las había dicho, vaya, que no se había enterado de nada.

CAPITULO-2-
-Somos lo que decimos, Humberto —insistió la Gran maestra—. Las palabras tienen el poder de crear o de destruir y, cuando son sinceras y amables, pueden cambiar el mundo, por eso yo soy psicolingüista —le dijo la Gran maestra a Humberto mirándolo fijamente a los ojos.
—Pues fenomenal —por supuesto, Humberto seguía sin tener ni idea de lo que le estaba hablando, así pues, con la discreción que lo caracteriza, calló y siguió escuchando a la Gran Maestra.
—Concretamente trabajo con 27 letras y sus 5 dígrafos.
—Dígrafos, ¿qué es eso? —preguntó Humberto
—Los dígrafos es una desviación de las letras. Yo investigo esta desviación, su desarrollo, su interactuación entre ellas y en su contexto gramatical.
—Te explico —dijo la Gran Maestra—. Hay letras que son claras, puras y nítidas y saben perfectamente cuál es su rol en una frase y en la gramática, fonemas, lexemas; excepciones aparte, claro está. Pero hay otras a las que les cuesta un pelín integrase e interactuar con las otras sin causar algún tipo de desarreglo en la normativa gramatical.
»La c —ce— por ejemplo, es bipolar y a veces quiere ser una z y otras veces una k —ca—. Y otras veces se le sube a la espalda a la h-ch —hache— y trabajo me cuesta que la suelte.
»Como la h es muda y no se queja nunca, pues tengo que intervenir severamente entre las dos.
»Claro que lo de la h es un tema aparte, pues todavía no sé si es muda de nacimiento o por timidez. Ni modo.
»Luego está la q —cu—, que tiene una gran dependencia emocional de la u, en donde esté la q está la u. Logré que la u, de vez en cuando, fuese a visitar a la g —ge— y fue un gran éxito, se le suavizó un poco el carácter, la verdad es que era un poquito arisca y como coincida con la j —jota—, entre las dos me pueden dejar afónica. Pero por lo menos la jota es un poquito más alegre, ja-je-ji-jo-ju.
»Tengo también dos desdoblamientos de personalidad, la l —ele— que a veces se convierte en ll —elle—, y lo mismo me pasa con la r —erre—, que se niega a aceptarlo y me intenta convencer de que son gemelas.
»Pero también he tenido mis logros absolutos, como ya te dije, con las otras 27 letras y con el punto, para que siempre vaya sobre la i y otras veces sobre la j. Y sin ningún problema cuando es un punto y aparte.
»Y quien realmente me tiene enamorada es la y griega, siempre tan armoniosa y tan pacificadora. Ella modera sin ningún problema entre sintagmas, nexos y palabras.
»Me sirve de gran ayuda a la hora de enlazar frases sueltas, que por separado no tienen ningún significado, pero una vez que la y las hace confluir adquieren su concepto real afirmativo.
»Le estoy inmensamente agradecida por su total dedicación y le reconozco su gran aportación a mi trabajo. Pertenezco a la tribu de los Tehouties, que significa «aquellas que conocen la vida secreta de las palabras». Somos orfebres calígrafas.

CAPITULO-3-. 
La gran convención estaba a punto de empezar. La Gran Maestra se sentó y le hizo un gesto a Humberto para que también lo hiciera; ambos se pusieron mirando al este, por allí saldría el Sol.
—Primero observo las nubes —continuaba la Gran Maestra— y, cuando están bien gordotas, envío a mi gran águila imperial a que le saque un hilito y me lo acerque. Utilizo la llamada mental para comunicarme con ella, entonces empiezo a dibujar las letritas en el cielo para que toda la gente del país puedan verlas, admirar su belleza y las puedan aprender.
Y de repente empiezan a aparecer letras en el cielo y la Gran Maestra las nombra y las deletrea para descubrir así su significado.
—M, eme de México.
—E de Epiclásico.
—X, equis de Xuluc-
—I de Itzaes.
—C, ce de Cenote.
—O de Oxtotipac.
Mé-xi-co, volvió a repetir la Gran Maestra, la orfebre de las palabras.
Y mientras iba deletreando y descubriendo el significado de las palabras a aquel grupo interdisciplinar de licenciadas, a Humberto le venía a la memoria la primera vez que descubrió las letritas.
Tenía nítido en su memoria ese recuerdo, ese momentito en que su maestra le enseñó a colocar el lápiz entre los dedos, puso su mano encima de la suya y las letras empezaron a salir de la punta de aquel lápiz mágico. Aquel lápiz sabía cómo se llamaba y sin que nadie se lo hubiera dicho.
Huuuuummm-beeeeeerrrr-to. Humberto lloró de emoción la primera vez que él solo escribió su nombre, la primera vez que lo leyó. Y desde ese momento Humberto quedó totalmente fascinado por esas 27 letras y sus 5 dígrafos.
A Humberto escribir le fascina, le encanta, no importa a quién ni el qué, tan solo le gusta escribir. Cada letra, cada palabra, cada texto o cada relato llevan impreso un pedacito de él, de su creatividad, de su romanticismo, de su generosidad..., un cachito de su alma.
Hace las letras con una elegante caligrafía, que más que escribirlas parece que las dibujase, como si de un autorretrato se tratara.

CAPITULO- 4-. 
Humberto seguía escuchando a la Gran Maestra hablar de las letras a ese grupo intercultural de licenciadas, que hoy se había reunido en la gran calzada, con el propósito de educar y enseñar para la libertad y la creatividad a todo su pueblo. A Humberto este acto le parecía de una generosidad colectiva tiernamente estremecedora.
Y en estas cavilaciones estaba cuando de repente se escucha a la Gran Maestra decir:
—La w —uve doble— de won-der-ful —dijo la Gran Maestra.
El silencio se hizo sepulcral y, de repente, de entre toda la gran multitud, se levantó una licenciada.
—Permítame un inciso, Gran Maestra —se levantó y se echó a correr. Corrió un kilómetro, dos kilómetros, tres kilómetros, y a medida que iba cubriendo la distancia que las separaba, se iba transformando en un magnífico y elegante puma. Con agilidad felina subió las 365 escaleritas y mansamente se aproximó a la Gran Maestra, que le acarició suavemente su lomo para que recobrara su estado natural.
La licenciada miró fijamente a la Gran Maestra, le sonrió, mientras levantaba su dedo índice señalando al cielo.
—Wonderful es una palabrita del inglés, Gran Maestra.
—Licenciada Carbonero —dijo la Gran Maestra.
La licenciada volvió a levantar su dedo índice, pero esta vez lo tenía delante de su cara.
—Argüero, Gran Maestra.
—Licenciada Paragüero, estará de acuerdo conmigo que utilizo las mismas letritas.
—Argüero, Gran Maestra —volvió a insistir la licenciada.
Sí, tiene usted razón, son las mismas letritas pero no es español, es inglés, y aquí hemos venido a debatir sobre el español —le remarcó subrayando la palabra español.
—Está bien —se quedó pensativa la Gran Maestra mientras intentaba recordar el nombre de la licenciada, ya que ese gestito de su dedito índice para recordarle su nombre a cada momentito empezaba a irritarle ligeramente—.
—Licenciada Díaz, pues entonces diré: w —uve doble— de waka-waka.
—¿Qué? Pero si esa palabra no existe.
—Pero ¿cómo no va a existir si es una danza ritual de Mesoamérica? Hasta Shakira la baila.
—¿Danza ritual? ¿Shakira? —la licenciada Argüero no daba crédito a lo que estaba escuchando; entre que la Gran Maestra no se acordaba de su nombre y que cada vez que llegaba a la w se liaba de tal manera que confundía el inglés con el español, y que su único argumento es que tienen las mismas letritas y ¿eso no significaba que fuese el mismo idioma? Sentía cómo el enojo se apoderaba de ella.

CAPITULO- 5-. 
A punto estaba la licenciada de convertirse de nuevo en puma y salir corriendo, cuando alguien llamó su atención. Era Humberto, que, viendo que el tema a debatir iba para largo, quizás este fuese un buen momento para despedirse. Le daba penita pero el momento había llegado.
Pronto la Gran Maestra y la licenciada dejarían la terraza del sol para seguir su debate en la terraza de la Luna.
—Gran Maestra, licenciada Argüero, debo irme —les dijo. Ambas se callaron se miraron, lo miraron.
—Pues a mí fíjate que la palabra wonderful me gusta —dijo por lo bajito Humberto.
—Pero es en inglés —apostilló la licenciada dedito índice en alto.
—Adiós, lindas licenciadas —les decía con la mano mientras se iba despacito, mientras se alejaba suavecito, dejándoles una linda notita.

«Mis queridas licenciadas, Gran Maestra.
Llevaré esta experiencia de mi vida como una chispa en mi corazón. Mi casa siempre estará abierta para todas vosotras.
Os quiere,
Humberto».
Al leerla, como no podía ser de otra manera, la licenciada Argüero lloró; mientras, la Gran Maestra sonreía al igual que lo hacen las sirenitas de Veracruz.
—¿Tú crees que volverá algún día, Gran Maestra?
—No lo sé, licenciada Argüero.
Se preguntaban mutuamente mientras miraban al cielo cogiditas de la mano.
—Disculpen que les interrumpa este idílico momento. Una cosita que les iba yo a preguntar: ¿ustedes creen que hay un museo sobre esta convención y el tema de psicolingüística este?
—¿Museo dice usted? —le respondieron extrañadas a coro las licenciadas—. No, no lo hay.
Esto Roxana lo tiene que saber, pensó Humberto.

CAPITULO FINAL.
Humberto vuelve a casa y vuelve solito.
—Roxana ya no voy a ser arqueólogo, me he dado cuenta que hay muchas piedras que contemplar, que por mucho que las cuide, las mime, las acaricie y les lleve flores, siguen sin hablarme, tengo que reconocer que esa idea no fue tan brillante como yo creía, pero de los errores también se aprende. Entre ellas y yo, decididamente no hay feeling. Roxana, mis queridos niños/as, prestadme mucha atención porque os voy a anunciar mi nuevo proyecto, un magnífico y espléndido proyecto diría yo. Puede que hoy no lo alcance, pero puedo verlo y admirar su belleza, creer en él y seguirlo allá donde me lleve, allá donde brilla el sol...
—Humberto, abrevia, que nos van a salir raíces a los niños y a mí. ¿Qué se supone que vas hacer ahora?
—Voy a ser psicolingüístico, quiero ser un orfebre calígrafo como la Gran Maestra, solo tendré que interactuar con 27 letritas y 5 dígitos y ¡sorpresa, queridos niños! No tendré que salir de casa para estudiar, lo puedo hacer desde aquí. ¿Verdad que es una idea fantástica?
»También voy a transformar la plaza de toros del pueblo en un aula donde se podrá exponer y desarrollar todo lo relacionado con la psicolingüística; y para que las licenciadas vengan a enseñar sus conocimientos —ya me han dicho que de «esto» museos no hay.
—¿Museos de psicolingüística? No, no hay. Pero ya verás tú cuando te enteres de lo que es un «campus universitario».
—Una cosita, papá, ¿por qué escribimos México con x y lo pronunciamos con sonido j si el sonido de la x suena como una doble s?
—Cuando seáis mayores os lo explicaré, mis queridos triunfitos.
Vosotros haced caso a mamá. En todo lo que os diga.
Roxana se dirigió al cuarto de baño y clavó otro cartel:
«Prohibido tener ideas en la ducha».

FIN.
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