El bolso

il y a
4 min
2 460
lectures
104

Disponible en :

Ella caminaba tranquilamente ojeando distraída los escaparates. Había poca gente en la acera. Su bolso enganchado a su hombro, sus manos, en los bolsillos de su chaqueta.
No se podían resistir a eso. Por narices habría al menos uno que vendría. Era su barrio. Ya una vez…por poco le luxan el hombro. Pero la idea que le había dado, valía bien un hombro. Y, además, solo le dolió unos días.

La violenta sacudida de la correa le arrancó un pequeño grito y le hizo dar una vuelta sobre ella misma, dejándola aturdida, con los brazos estirados buscando donde apoyarse.
— ¡Al ladrón, al ladrón!
Su voz, apenas se proyectaba, y las pocas personas que estaban presentes no entendieron lo que acababa de pasar.
— ¡Mi bolso, me ha cogido el bolso!
La gente se acercó. Y ella continuaba gimoteando.
— ¡AL ladrón, mi bolso!
Una señora la sostuvo por el brazo.
— ¿Está bien, señora?
Tomó apoyo contra la pared. Un camarero se acercó con una silla.
— Siéntese señora. ¿Qué le ha pasado?
Ella se dejó caer encima de la silla.
— ¡Oh, dios mío! Mi bolso. Me han cogido el bolso.
Unos transeúntes empezaron a agruparse, intrigados por los gritos y picados por la curiosidad.
— ¿Ha visto usted algo?
— He visto un tipo que corría, pero…
— ¡Alguien le arrancó el bolso!
— ¡Qué horror!
— ¿Y nadie ha visto nada?
— ¿Han llamado a la policía?
— ¿Quiere beber algo?
El chico se paró, le faltaba el aire después de haber tomado varias calles en diferentes direcciones. Se sentó al fondo de un pequeño parquin aislado y abrió el bolso.

Son demasiado tontas, estas viejas. ¡Siempre paseándose con su bolso enganchado al hombro y los brazos colgando! Las jovencitas, ellas, van con más cuidado. ¡Lo pasan alrededor del hombro o lo sujetan fuerte! ¡Pero las viejas! ...A veces era demasiado fácil.
¡Después de la adrenalina del robo y la carrera, el placer de descubrir el tesoro! …La mayoría de veces, su botín no pasaba de los 50 euros y no tenía ni el valor ni los conocimientos necesarios para utilizar algún cheque que a veces encontraba. Pero ésta vez…Se quedó un instante con la boca abierta mirando el fondo del bolso. Levantó los ojos para asegurarse que nadie rondaba alrededor y los volvió a bajar….
Joder, nunca había visto una de verdad. Avanzó su mano, dudó un segundo. Comprobó de nuevo que nadie se acercaba. Hundió la mano en el bolso y la sacó armada con una pistola que le costó manipular. ¡Mierda, era extrañamente pesada esa cosa! ¡Pero era un jodido tesoro! Podría revenderla por una fortuna, si funcionaba. ¿Y porque no tenía que funcionar? ¡Parecía en muy buen estado!

A penas ella abrió la puerta, él se puso a gritar. Hacía mucho tiempo ya que no sabía expresarse de otra manera.
— Qué carajo hacías? ¿Dónde has estado? ¿Qué esperas para prepararme la comida? ¡Siempre paseando! ¡Realmente no vales nada, eres basura!
Ella se dejó caer en una silla. Él llegó a la habitación hecho una furia.
— Qué coño haces ahora? ¿No has ido a hacer la compra? ¿De ríes de mí? ¿A las diez de la mañana?
— Me aburres.
— Que? ¿Qué dices?
— Me cansas. Hazlas tú mismo, tus compras. Yo, estoy harta.
— Joder, voy a hacer que se te pasen las ganas de hablarme así.
Antes que pudiera moverse, ella se había levantado y se refugió en la habitación cerrándola con llave. Se puso a aporrear la puerta ordenándole abrir. Ella abrió el cajón de abajo de la cómoda y sacó el estuche de cuero. Tomó la pistola y la ajustó en su mano. Desbloqueó la cerradura y esperó.

La policía había llegado y tomo declaración de la víctima. Como no estaba herida y no mostraba signos de confusión o angustia, la dejaron volver a su casa.

Cuando llegó delante de su puerta, se dio cuenta que no tenía sus llaves, porque estaban en su bolso. Fue al cerrajero 24h que se encuentra en el cruce, donde él aceptó ayudarla. Solo necesitó algunos minutos para abrir la antigua cerradura. Cuando le abrió la puerta para que pudiera entrar, vio una mesita volcada y una lámpara rota en el suelo. Le tendió el brazo para pararla.
— ¡Espere! ¡Creo que ha tenido visita!
— ¡Oh! Dios mío…
— Debería usted llamar a la policía para que vengan a comprobar los hechos.

El coche de policía se paró delante de casa. Una mujer y dos hombres en uniforme, se acercaron a la puerta. La mujer y el cerrajero les hicieron un breve resumen de la situación. Ellos entraron, uno tras otro, en fila india. Después de algunos segundos un grito resonó
En la comisaria, fue un oficial de civil que se ocupó de ella. La habían puesto en un cuarto a parte, sola. Le trajo un vaso de agua que puso delante de ella, mientras se sentaba. Tenía varias hojas en la mano, que dispuso encima de la mesa delante de él.
— ¿Señora Rossi, es correcto? Fabienne Rossi?
Ella asintió.
— ¿Señora Rossi, tendría usted la amabilidad de contarme que pasó exactamente?
Ella levantó la mirada hacía el, y creyó que iba a llorar.
— Tómeselo con calma. Estoy aquí para aclarar toda esta historia.
— Esta mañana sobre las 11, me han robado el bolso. Y sus colegas vinieron y rellenaros unos papeles. Estuvieron mucho tiempo. Finalmente, pude volver a mi casa, pero como ya no tenía bolso, ni dinero y tampoco billete de autobús, volví caminando. Cuando llegué, no podía entrar ya que…
— Sí, no tenía bolso por lo cual no tenía sus llaves, y fue a ver al señor Admir, el cerrajero que le abrió la puerta.
— Sí, y hemos llamado de nuevo a la policía porque hemos visto cosas por el suelo y tuvimos miedo que aún hubiera alguien en casa. Y después los agentes entraron y entonces… (su voz se quebró.) ¡Estaba Thierry, mi marido, estirado en el suelo lleno de sangre y con sangre por todas partes, fue horrible!
— Entiendo, señora Rossi. Le prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos para encontrar a su agresor, que seguramente es el mismo que mató al señor Rossi. Una vez que tuvo su bolso, tenía su dirección y sus llaves. Era tentador. Su marido lo habrá sorprendido, y él abrió fuego. Vuelva a su casa y descanse, ha tenido un día muy difícil. Nosotros nos ocuparemos de este caso, en prioridad, créame.
Esa noche, Fabienne Rossi volvió a su casa aliviada. No tardarían en coger al joven que le había robado su bolso. Intentando revender la pistola o utilizándola. Así quizás se le pasarían las ganas de robar los bolsos a señoras mayores…
Había reñido tanto a Thierry, el día que había traído esa cosa. Estaba tan orgulloso, que idiota. Nunca quiso decirle donde y por cuanto la había comprado. ¡Cretino! ¡Decía que así «si un día había un ladrón o un tipo que intentaba entrar, sería bien recibido el imbécil!”

Mira, ¿Quién es el más idiota, ahora?

-- Traduite par Berta Arquer Vera

104

Vous aimerez aussi !